
Con una introducción que hace hincapié en la importancia de la Historia, para pasar a un largo y ancho pasillo donde alguien patina al encuentro de otro alguien, comienza “La Decadencia del Imperio Americano” para fijar la cámara al fondo, frente a Diane que entrevista a Dominique. En esta película se suma la felicidad personal como único fin, esa felicidad que no es nada más que la gratificación instantánea a costa de todo, o de nada, pues es el único parámetro posible para nuestra sufrida existencia. La conversación entre los ocho amigos (cuatro mujeres y cuatro hombres) se sitúa en temas como el matrimonio como una forma de intercambio económico pues no depende jamás de la felicidad personal de los involucrados en el trato. Es aquí donde aparece la idea de que todos los desastres, o todos los cambios brutales surgidos en la historia son causados por cualquier idea de quiebre en el amor, y es ahí-solamente ahí-cuando el imperio de derrumba, y porque no decirlo: también nuestro imperio personal. Caso como el pesimismo de Ciorán, porque la mentira es la única base de todo tipo de relación amorosa, es la base de nuestra existencia social, de lo que nos hace individuos poderosos donde la victima es la que adquiere el poder. Después de todo, como dice uno de los personajes: lo único que nos queda es el sexo o el amor, sin embargo ¿cuál es la diferencia?
Estamos en una época en que no sabemos bien como llevar nuestras vidas, donde el intercambio a modo de trueque para satisfacernos es casi la única manera de ser. De estar. De involucrarnos. Y ocurre, y vaya que ocurre. Estamos en la decadencia de la civilización porque es imposible comprendernos. Todo amor implica una batalla de poder, y estos intelectuales lo tienen todo: saber, dinero, placeres, vicios, pero ¿son realmente felices? ¿Aman? ¿Se entregan? Es así como se comprende la sentencia más brutal de todos los personajes: hay que ser optimista para procrear, sin embargo los intelectuales nunca son buenos padres.
Es necesario, es urgente y necesario aprender a aparentar la calma. Saberse guapos y arrogantes en un medio que jamás nos impide serlo, y tratar, por sobre todos los medios tratar incluso, de aparentar ser espantosamente felices.
subido por M.

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