lunes, julio 21, 2008

La decadencia del Imperio Americano (Le Déclin de l'empire américain)


Con una introducción que hace hincapié en la importancia de la Historia, para pasar a un largo y ancho pasillo donde alguien patina al encuentro de otro alguien, comienza “La Decadencia del Imperio Americano” para fijar la cámara al fondo, frente a Diane que entrevista a Dominique. En esta película se suma la felicidad personal como único fin, esa felicidad que no es nada más que la gratificación instantánea a costa de todo, o de nada, pues es el único parámetro posible para nuestra sufrida existencia. La conversación entre los ocho amigos (cuatro mujeres y cuatro hombres) se sitúa en temas como el matrimonio como una forma de intercambio económico pues no depende jamás de la felicidad personal de los involucrados en el trato. Es aquí donde aparece la idea de que todos los desastres, o todos los cambios brutales surgidos en la historia son causados por cualquier idea de quiebre en el amor, y es ahí-solamente ahí-cuando el imperio de derrumba, y porque no decirlo: también nuestro imperio personal. Caso como el pesimismo de Ciorán, porque la mentira es la única base de todo tipo de relación amorosa, es la base de nuestra existencia social, de lo que nos hace individuos poderosos donde la victima es la que adquiere el poder. Después de todo, como dice uno de los personajes: lo único que nos queda es el sexo o el amor, sin embargo ¿cuál es la diferencia?
Estamos en una época en que no sabemos bien como llevar nuestras vidas, donde el intercambio a modo de trueque para satisfacernos es casi la única manera de ser. De estar. De involucrarnos. Y ocurre, y vaya que ocurre. Estamos en la decadencia de la civilización porque es imposible comprendernos. Todo amor implica una batalla de poder, y estos intelectuales lo tienen todo: saber, dinero, placeres, vicios, pero ¿son realmente felices? ¿Aman? ¿Se entregan? Es así como se comprende la sentencia más brutal de todos los personajes: hay que ser optimista para procrear, sin embargo los intelectuales nunca son buenos padres.
Es necesario, es urgente y necesario aprender a aparentar la calma. Saberse guapos y arrogantes en un medio que jamás nos impide serlo, y tratar, por sobre todos los medios tratar incluso, de aparentar ser espantosamente felices.
subido por M.

viernes, julio 04, 2008

El amor es el demonio


“Como una bomba

que explota al revés.

Ideas, pensamientos...

fragmentos de imágenes...

trozos de recuerdos,

como la metralla...

todos vuelven...

para ser arrojados a

un cruel pastiche de experiencias.”


De esta forma comienza la película Love is the devil: study for a portrait of Francis Bacon, del director de John Maybury (1998), musicalizada por Ryuichi Sakamoto (El último emperador, Tacones lejanos, Babel, Lluvia negra, El pequeño Buda, entre las más conocidas para el cine occidental) y magistralmente interpretada por Derek Jacobi (Yo, Claudio), junto con Daniel Craig (Casino Royale).

La historia es en síntesis una biografía de pintor inglés Francis Bacon (1909-1991); su carrera artística, sus amores... A modo personal, creo que es muy difícil instalarse en un trabajo de este tipo… establecer un perfil del artista es complejo y requiere interpretar el proceso de creación, ya que en general, el fin último, es conocer la persona para entender su obra, pero para eso hay que hurgar bien adentro, y eso es la deficiencia de muchas otras propuestas (Picasso, Warhol, otros).

Justamente, este es el gran mérito de la película. Aparte del increíble parecido que logra Jacobi con Bacon, logra incomodarnos e inquietarnos, al igual que cuando vemos sus pinturas. Siempre me imagine que su cabeza era como una olla a presión, siempre a punto de ebullición y al parecer, también era la idea de Maybury.

Para lograrlo, se vale de imágenes subjetivas, de espejos y vidrios (elementos usados también por Bacon y que definen lo que llamamos “distorsión baconiana”), tomando la misma paleta de colores que él usaba y recurriendo a elementos que conformaban su imaginario (boxeo, bares, cigarrillos, fotografías, recortes de diarios…), uniéndolos a modo de fragmentos.

Por ahí leí que Maybury tuvo que usar esta estrategia para contar la historia debido a la negativa de la familia de Bacon para autorizar el uso de las pinturas originales. En todo caso, creo que le hicieron un tremendo favor, porque cuando se tienen tantos elementos a su disposición, se corre el riesgo de engolosinarse y tirar todo a la parrilla, perdiendo inevitablemente estilo y mirada.

El libro “In Camera” es otro buen ejemplo, el autor hace el mismo ejercicio de Maybury; nos entrega la tela final junto con un conjunto de notas, fotografías, bocetos, trozos de diarios), los que conforman un todo complejo, inquietante y, sobre todo, notable. Que menos para alguien tan insoportablemente talentoso como Bacon.

C.

miércoles, julio 02, 2008