miércoles, noviembre 21, 2007

TOMAS HARRIS
Poeta, investigador y editor

“Yo era un topo
tan grande como jamás he visto otro;
ahora trabajo en la Biblioteca Nacional,
nada que ver con Borges,
en eso se equivocan mucho
algunos amigos o conocidos”

A modo de Introducción
En su oficina, ubicada en el segundo piso de la Biblioteca Nacional, lo encontramos. Cordial, pausado, a ratos irónico, nos regala parte de su tiempo para hablar sobre su trabajo en El Archivo del Escritor. Sin embargo, circunscribir su trabajo sólo al ámbito de la edición sería mezquino, pues él ha vivenciado varios flancos del mundo del libro; ha sido autor, crítico y editor. Lo que sigue es un extracto de una conversación sobre libros, crítica, poesía, revistas, lobos y utopías.

El Editor

- Partamos hablando de tus inicios como editor, y en particular de la revista PosData

- PosData fue mi primera experiencia editorial, una experiencia de carácter juvenil en la Universidad de Concepción, no tanto por el deseo de escribir poesía, sino por el deseo de dar a conocer esa poesía. Esta inquietud comenzó en el año 1976 coincidentemente con mi ingreso a la Universidad. Era un momento político difícil, sobre todo por la notable tradición de publicación de revistas poéticas en la Universidad de Concepción, muchas de las que desaparecieron y con ello, los espacios de acercamiento teórico o de carácter poético personal al proceso.

Debido a esto, con los poetas y amigos que editamos PosData, entramos en un vacío y también en una suerte de nostalgia y de necesidad de establecer un diálogo de continuidad o de ruptura o de polémica.

Primero sacamos un tríptico, en el que participaba Carlos Cociña, Nicolás Miquea y otros poetas penquistas. Así surgió la necesidad y la utopía de sacar una revista

-¿Tenían una estructura, una línea editorial, un comité?

- Fue complejo, porque de partida no habían medios, los que juntábamos eran bastante rudimentarios. No contábamos con el apoyo de la Universidad, teníamos que sacar plata de nuestro bolsillo, o de profesores generosos y entusiastas.
Tampoco sabíamos como hacerla, ninguno de nosotros tenía experiencia editorial previa. O sea, en el fondo, era una utopía y una patudez. Pero había un comité editorial que estaba compuesto por mi, Carlos Decap, poeta que aún escribe, y Jeremy Jacobson, que en esa época era director del Instituto Británico de Cultura. Ahora con respecto a la línea editorial, yo diría que no había, sólo había la idea de publicar poesía.

- ¿Habían parámetros de selección?

- El primer parámetro era publicarnos a nosotros mismos, puesto que en ninguna parte nos iban a publicar. El segundo era, ojalá publicar poesía inédita, de poetas chilenos que nos parecían interesantes, ya sea por estar en el exilio o porque estuviesen perdidos en Santiago. Publicamos textos inéditos de Gonzalo Millán, de Diego Maquieira, de Arteche, de Sotomayor, siempre poetas vivos que estuvieran escribiendo. También publicamos narrativa, pero bien escogida. La idea era situarse en un punto de vanguardia, por así decirlo, tal vez esa era la línea editorial.

- ¿Cuanto dura la revista?

- Hasta el año 85’ (1982-1985), pero totalmente irregular, cuando teníamos plata, pero fue una experiencia juvenil refrescante.

- A nivel de edición ¿Qué aprendiste?

- Aprendí que ser editor de una revista es un cacho, es muy complejo, hay que ser muy sistemático. Aprendí, que mantener la periodicidad de una revista es complicado y me prometí no volver a participar nunca más en un comité editorial.

- Pero no cumpliste tu promesa, porque ahora eres editor de la revista Mapocho ¿Cómo explicas eso?

- Es que es otro ámbito, y por ende, otra mecánica. Yo soy parte del comité editorial, es decir, soy secretario de redacción junto con Pedro Pablo Zegers y tenemos una política institucional que de alguna manera va pauteando el trabajo.
Cuando trabajas de mutuo propio, lo complicado no son las colaboraciones, que al final siempre llegaron, poetas como Parra, Arteche y otros fueron muy generosos, sino la parte económica, tuvimos problemas para situar la revista, sobre todo en Santiago, en donde las librerías no se interesaban en tener poesía. Además la factura era bastante precaria.

- ¿Qué pasa después de Posdata?

- Me vine a Santiago y me dediqué a hacer clases. Luego el año 95’ entré a trabajar a la Biblioteca Nacional y ya en el 97’ estaba como secretario de redacción de la Revista Mapocho. Antes la revista estaba a cargo del Centro de Investigación Barros Arana, pero su director sigue siendo Alfonso Calderón.

- ¿Cuáles son tus funciones como secretario de redacción?

- De partida, recibir el material que nos entregan los colaboradores, trabajar con el director en una primera preselección, posteriormente seleccionar y enviar al comité los artículos preseleccionados para cada materia, acompañado de un informe de lectura.
Hay artículos que se rechazan porque son ilegibles, incluso a veces demasiado oscuros, pero de una oscuridad que oculta falta de contenido, o artículos innecesarios, o que no son de interés o relevantes. En todo caso, hay mucha cortesía al rechazar.
También trabajamos junto con Pedro Pablo Zegers en una sección llamada “Testimonios”.

- Cuéntame un poco acerca de la línea editorial de la Revista Mapocho

- Si bien es una revista que publica artículos en el ámbito de las ciencias sociales, una de sus funciones más importantes es mantener el rescate patrimonial, alineado con la misión de la DIBAM. Ahora como este material está disperso requiere mucha mano de obra gruesa. Mapocho es una revista semestral, con aproximadamente 400 páginas por número y tiene un comité editorial permanente

- ¿Paralelamente trabajas en el Archivo del Escritor?

- Sí, junto con el conservador Pedro Pablo Zegers, una administrativa y Claudia Tapia, que es la diseñadora, quien además ve la parte de fotografía. Actualmente está en un proyecto de digitalizar todo el Archivo del Escritor, para que se acceda a través del portal de la DIBAM. Mi rol es de investigador.

- ¿De qué se trata el Archivo del Escritor?

- Se trata de resguardar el legado literario de escritores nacionales, latinoamericanos y europeos, según la relación que hayan tenido con Chile. Es fundamentalmente, la memoria de la expresión literaria. Ahora estos legados aparte de conservarlos, hay que ordenarlos.
Poco a poco , hemos visto crecer estos legados, como el de Pablo Neruda que tiene apenas 100 piezas, el de Vicente Huidobro que aumentó un poco, debe tener como unas noventa y tantas piezas, lo suficiente como para considerarlo un legado. Ahora los más grandes son los de Gabriela Mistral, Rubén Dario y Joaquín Edwards Bello, este último con 1975 piezas y con 20.000 fojas.

- ¿Qué editan en el Archivo del Escritor?

- La pregunta hay que circunscribirla a la institución en la cual trabajo, la Biblioteca Nacional y una de sus funciones más importantes es conservar y difundir la literatura patrimonial chilena y, aunque estamos de acuerdo que toda la literatura chilena es patrimonial, nosotros debemos hacer más hincapié en el patrimonio, en aquello que ya no está en la superficie, en librerías, lo que no está siendo reeditado, lo que simplemente no se está editando y, que por ende se está olvidando o que simplemente no se conoce. Eso es lo que por definición nosotros tenemos que editar.

- ¿Cómo organizan la información?

- Un legado puede contener textos en prosa, que es más o menos lo que más hay, en el caso de Mistral solamente tenemos hasta el año 1922, justo antes que se fuera a Estados Unidos, es uno de los más completos. También hay poemas, poemarios - inclusive-, en el caso de “Desolación” hay una gran cantidad de estos y, finalmente, epistolarios. Justamente lo que más se junta son los epistolarios.

- De estos últimos tienen una colección, ¿verdad?

- Justamente, muchos de esos epistolarios están en la colección “Joyas Bibliográficas”, que se hace en coedición con la editorial LOM. Lo que pasa es que la Biblioteca Nacional no es una editorial, por eso tiene problemas de distribución y, como la idea nuestra es que salgan más al público y, lleguen a gente que no accede mucho a la biblioteca. Que dejen de ser tan para especialistas, que aunque recuperen o recojan material de carácter patrimonial, lo hagan más entretenido y masivo, en la medida que se pueda.

- ¿Qué otras colecciones tienen?

- Como Archivo del Escritor propiamente tal, no tenemos colecciones, nos interesa publicar hartos libros y para eso tenemos varios socios en coedición, es el sistema que más nos conviene. Y son ellos, los que los incorporan a sus colecciones que creen más pertinentes. Con el tiempo, vamos variando de socios, creemos que no es bueno casarse con uno solo.
También tenemos una carpeta de facsimilares. La idea es mostrar el material directo con el cual trabajamos y, como es difícil publicar un libro de originales - lo cual seria bonito hacerlo, quizás algún día lo hagamos-, esta colección es una manera de tener una relación con el publico que no va a tener acceso a ellos. Partimos con Neruda, luego Mistral, Huidobro, De Rokha, es decir, con los 4 grandes, después empezamos a variar. También hemos sacado a Teillier, Braulio Arenas.
Otro tipo de documentos son los originales, por ejemplo el libro “Mi Vida” de Alvaro Yáñez Bianchi, o Juan Emar, fue armado con los 8 cuadernos personales del escritor entre los años 1911 al 1917, los que estaban totalmente desordenados y en letra manuscrita, por lo mismo tuvimos que establecer criterios editoriales para poder ordenar el texto dentro del libro. Ahora cuando trabajar con textos inéditos y más aún originales que tal vez no estaban escritos para ser publicados, como el caso de los diarios íntimos, se requiere –es fundamental-, un prólogo que dé cuenta de estos criterios.
Como dato anecdótico, creo que cometimos un error editorial con este libro, al publicarlo con su nombre real y no con su seudónimo. Creo que son decisiones editoriales que tomas en un momento y al principio te entusiasman, pero hay que hacerse cargo.

- Hablando de hacerse cargo, como los originales no están disponibles para el público porque se deterioran, el trabajo de edición que hacen ustedes es fundamental ¿Tienes conciencia de esto?

- Como la conservación tiene un tiempo y los papeles son súper frágiles, cobra fuerza el carácter investigativo de nuestro trabajo, esta idea de transformarte en un guardián, de una suerte de alguien que tiene que ir fijando criterios para ver que es importante rescatar. Cartas salidas del silencio, escritores que van saliendo, ya sea por olvido, ya sea por intereses contingentes del canon de la literatura chilena y ver más allá, de lo que está de moda, es decir en la superficie, hurgar en lo más oculto dentro de nuestro tema.

- Al trabajar en coedición con otras editoriales ¿Tienen acceso a decisiones de impresión (selección de portada, formato, otros)?

- Sí, en realidad ellos nos piden una idea básica sobre la cual trabajar, por ejemplo en el mismo caso de Juan Emar, quisimos usar de portada la tapa de uno de los cuadernos originales con una foto que él mismo le pegó. Nos pareció que le daba un toque más personal, como diario... Tenemos una diseñadora que se encarga de las portadas.

- De lo que has aprendido en edición, ¿Qué no harías? o ¿Qué definirías como reglas básicas?, podrías aproximarte un poco a eso

1. Releer recontextualizadoramente autores que parezcan importantes y que es necesario rescatar y destacar
2. Nunca tener un libro sin descontextualizarlo, sin tener claro, el por qué lo ofrecemos como relectura
3. Siempre leer lo que se edita, pues más allá de editores, somos investigadores y, la investigación per se, amerita una lectura previa. Primero es la investigación, posteriormente la publicación.
4.Siempre considerar aspectos extratextuales, por ejemplo, algún interés por el aniversario de algún escritor.
5. La empatía con el autor surge por un gusto personal, o bien, por un enganche en el camino. Es fundamental el contacto con ellos, nunca imponiendo, sino sugiriendo. En el caso de la revista Mapocho, hay que darse tiempo para que en el proceso de las primeras copias de prueba, los mismos autores sean quienes revisen sus textos y estén de acuerdo, de modo que evitemos detalles, como cuando los correctores de prueba de las imprentas, que a veces son buenos, otras malos, y otras creativos, es decir, incorporan cosas de su propio... algunas son buenas propuestas, pero hay que ver si el autor está de acuerdo. Siempre se sugieren los cambios.
6. Procurar buenos prólogos que den peso al texto
7. Ver más allá de la superficie, de lo que está de moda
8. Estar constantemente trabajando y evaluando material
9. Ser firme en la línea editorial, pero manteniendo cierto margen de ductilidad, permitiendo ciertas libertades formales, en el caso de la revista Mapocho es fundamental, de lo contrario se convertiría en una revista un tanto férrea y a veces pueden llegar artículos o ensayos que transitan entre el ensayo y un texto creativo poético y mixtura ambas escrituras, por lo mismo, no los vamos a descartar.
10. Las erratas son terribles, por eso un editor debería tener como regla áurea disminuir el máximo el número de erratas y si es necesario leer 4 veces hacerlo. Y mientras más ojos lo vean, mejor.
11. Hay mucho de arbitrariedad en la edición
12. Cada libro tiene un criterio editorial distinto, por lo tanto es único
13. Ser sistemático
14. Estar dispuesto a tener un margen de pérdida, que habrá que recuperar de alguna parte, asumiendo que tenemos pocos lectores, por lo tanto la tiradas deben ser coherentes con este principio.

Lo que nunca haría es publicar autores vivos que tienen posibilidad de publicar en otra editorial y que estén en el ámbito de la ficción; novelas o autoayuda.

-¿En qué están trabajando en el Archivo del Escritor actualmente?

- Durante este año vamos a publicar una novela de Francisco Contreras “El Pueblo Maravilloso”, también publicaremos las crónicas que sacó Contreras en El Mercurio de Francia, porque justo por estas casualidades cuando decidimos publicar “El Pueblo Maravilloso” llegó un investigador de una universidad de Paris, ofreciéndonos estos textos.

- ¿Cuántas publicaciones sacan al año?

- Como 4 libros al año, una carpeta de facsímiles y 2 ejemplares de la revista Mapocho. Las carpetas se coeditan con LOM. Este año también editamos 2 libros con Universitaria.

- ¿Cuánto se demora un libro en publicarse?

- Algo así como 2 años, por ejemplo el libro de Juan Emar primero se investigó, se definió la organización de los textos, los criterios editoriales, y luego se transcribieron los manuscritos. Toma su tiempo.

- ¿Qué libro no has editado y te gustaría hacerlo?

- Es una buena idea, hay varios proyectos que espero que alguna vez salgan, desde que entré a la biblioteca tenía una idea de un libro para editar, que no edité y que no lo voy a hacer, porque hay otras personas que ya lo están editando, que era la obra completa de Teófilo Cid. En esa época no tenía mucha injerencia y no estaba tan a caballo en el trabajo editorial, luego en los años 1995, 1996, 1997 y 1998 empezamos a publicar los epistolarios, por eso no me di el trabajo de armar el libro.
Ahora, tengo una idea para hacer una buena antología de la poesía chilena que parta desde la generación del 50’, me refiero a Arteche hasta los poetas del 70’, Rubio, Bello, hay varios nombres.

- Finalmente, ¿Cómo es tu visión del mercado editorial en Chile?

- Las editoriales independientes están bien, creo que se la están jugando, hay 3 ó 4 editoriales chicas independientes, pero hay también 3 que tienen más medios: LOM. RIL y Cuarto Propio que publican poesía.
En los años 90’ prácticamente no habían editoriales que publicaran poesía, en los años 80’ olvídate, la única forma de publicar era la autoedición. Actualmente, el panorama cambió, hoy aparecen en Chile, no sólo en Santiago sino que también en provincia, unos 14 ó 15 libros de poesía, lo que para mí es un exceso pero bueno, es harto.
En el caso de las editoriales de narrativa, tienen el problema que tienen todas editoriales de narrativa en América, por decir, todo lo que se publica en Alfaguara, Planeta, Seix Barral es de distribución local, ese material no sale al mercado hispanoamericano ni español, salvo algunos libros que los editores españoles deciden que salgan.
El Crítico

- También has hecho critica literaria, que es un componente importante en el mercado editorial ¿Quisieras comentarme algo?

- Si, he hecho pero poca, en el suplemento literario del diario La Época, dirigido por Mariano Aguirre y después por el Carlos “Mono” Olivares, creo que fueron los mejores directores de suplementos literarios hasta ahora y el suplemento de La Época creo que ha sido el mejor que hemos tenido tanto en dictadura como en democracia. Pero lamentablemente tuvo un fin, alcanzo a durar, pero fue una suerte de contrapunto a El Mercurio, una alternativa.
Era un suplemento más abierto, El Mercurio tiene sus colaboradores y salvo que ellos te la pidan, te publican, entonces el suplemento de La Época era distinto, una llamaba y nunca decían que no. Claro que no pagaban, entonces la colaboración nunca fue muy sistemática. Había un espacio.

- ¿Qué opinión te merece la crítica literaria en Chile?

- Actualmente en Chile, la crítica literaria es pésima, muy mala, que sigue haciendo esa crítica impresionista, tipo Ignacio Valente, en que se hace difícil tener un parámetro para escribir con relación a un libro en 3000 palabras con espacios súper delimitados y poniendo estrellitas o tinteros. Entonces crítica, de las cuales yo coincida si hay, pero no hay un ojo critico que sepa leer bien y empáticamente, bien sostenidas, que cuando este en desacuerdo o cuando el libro no te gusta o te carga sepa también hacer una critica no destructiva, ni paródica ni reducida, ni de mala leche, en El Mercurio sobre todo, ya que no hay para qué hacerlo, si un libro es malo o no me gusta o me parece que esta mal hecho, puedo decirlo pero de una manera razonable y con cierto respeto al escritor y al editor de este. Hay que hacerlo con responsabilidad.
Ahora yo creo que los libros que he reseñado o que reseñaría son aquellos con los que tengo cierta empatía como lector, que me interesa que se divulguen y conozcan, que me entusiasmen y los que no, porque no me interesan.
Yo escribo - un poco presuntuosamente- ensayos para la revista Mapocho y para revistas de carácter académico, como la revista de la Universidad Finis Terrae. Algunos los guardo y a veces los publico. La crítica no es algo que me interese mucho.

El Poeta

- Entre tanto editar, ¿Queda tiempo para el poeta?

- Poco, porque yo ahora no sólo edito, también tengo que fichar originales, los que llegan por donación (al principio el archivo cubría hasta la generación del 50’), y eso le daba un carácter de obsoleto, por lo cual, poco a poco se fueron incorporando nuevos materiales donados por los mismos autores y otros se han comprado.

- Publicaste un nuevo libro con LOM, ¿Quieres hablar de él?, ¿Con qué rigor te enfrentas como autor, considerando el bagaje que traes de editor?

- Mañana me entregan los ejemplares en LOM y me enfrento siempre agradecido de que me publiquen y me lean. Nunca pagaría para que me publiquen, por lo mismo siempre es una experiencia enriquecedora.
Este último libro es de poesía y se llama “Lobo”, lo escribí hace años, entre y durante “Tridente”, y mantiene los temas de siempre y la escritura de siempre, aunque se incorporan ciertas contingencias que gatillan o detonan el libro en particular.
Se trata del acto antinatural de bautizar a un animal que es un lobo, hay un sacerdote negro y una esfinge, es decir, son 2 bautismos, uno católico y otro pagano que se apoderan de este pobre lobo y lo bautizan. Es el proceso a la inversa, el acto antinatural de bautizar a una bestia y lo que le pasa a esa bestia.
La voz del texto es el lobo, la figura del lobo, ya sea como la metáfora del animal, un sanguinario o bien domesticado, o el hombre lobo, pero son diferentes niveles de lectura poéticas. Este lobo no es melancólico, bebe sí, sólo que sangre.